Durante el siglo XIX, el algodón fue el motor textil de Europa. En ciudades como Lyon o Mancherster, las fábricas textiles impulsaron el desarrollo industrial. El algodón, pues, era creador de empleo, y movía las máquinas.
La hilatura fue una ciencia aplicada. Se enseñaba, se difundía y se investigaba, tal y como lo demuestra el tratado de Alcan. Las máquinas de hilar eran auténticos prodigios de la ingeniería mecánica.
Fig. 6. Proceso de hilaje.

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